Las lluvias de verano siempre me traen gratos recuerdos.

Recuerdo estar en casa, leyendo mis cómics de los X-Men y el Hombre Araña, emocionado por las aventuras que vivían y ansioso por el siguiente número para conocer su conclusión.

​También me sentaba a revisar mis ejemplares de la revista Automundo Deportivo, leyendo por enésima vez la crónica del Super Bowl XXII, donde mi equipo favorito, los Pieles Rojas de Washington, ganaron el campeonato de la NFL.

​Veía los resúmenes de los eventos deportivos en la televisión, escuchando a José Ramón Fernández hablar sobre el Mundial de fútbol, la Eurocopa o la Copa América del momento.

​Con mis hermanos, veíamos una y otra vez las mismas películas, repitiendo los diálogos de El Secreto de la Espada de He-Man y She-Ra, Patoaventuras en el Secreto de los Soles Dorados o Pie Pequeño en Busca del Valle Encantado.

Me reunía con mis amigos a jugar Super Nintendo, pasando horas con Street Fighter II, Super Goal o Final Fantasy III mientras cenábamos pizza de Domino’s o Villaloma.

​Leía los clásicos que obtenía de la biblioteca de mi papá y mis abuelos, como Ivanhoe, con las ocurrencias del mordaz bufón Wamba y el romance platónico entre el protagonista y Rebeca de York, un gentil y una judía en una Inglaterra que apenas arraigaba el catolicismo.

​Escuchaba, a través de casetes y CDs, música mientras caía la lluvia. Las lluvias de verano tenían una banda sonora con The Beatles, Iron Maiden, Metallica, Judas Priest, Kiss y Guns N’ Roses. Fue en esa época cuando empecé a escuchar Heavy Metal.

​Iba a la cocina a comer cacahuates enchilados, queso de doble crema chiapaneco, quesillo, puxinú o pan coleto, disfrutando de los mejores bocadillos de este país.

​Recapitular todo lo vivido en el curso de verano del Zoológico Miguel Álvarez del Toro, sabiendo que la lluvia limpiaba el parque para recibirnos al día siguiente con ese olor a tierra mojada y naturaleza.

​A veces las lluvias de verano se escuchaban fuera de la casa. En algunas ocasiones, en casa de mis abuelos, mientras yo hurgaba en los estudios buscando libros o revistas de Selecciones del Reader’s Digest. Otras veces, lejos de la ciudad, mientras estaba con mis hermanos y mi mamá en los torneos nacionales de tenis, siempre al final de la jornada, después de preguntar la hora del partido de mi hermana, que era quien seguía participando.

​Estando en casa, lo que más apreciaba de la lluvia de verano era poder convivir con mi mamá, quien disfrutaba de las vacaciones de su trabajo como profesora. Y al final de la lluvia, escuchar el sonido de un carro y el tintineo de las llaves que anunciaban la llegada de mi papá, a quien iba a recibir.

​Las lluvias de verano siempre me traen gratos recuerdos. Pero lo que más disfrutaba de ellas era convivir con mi familia y disfrutar de un ambiente sano y seguro que mis padres construyeron con mucho esfuerzo.

​Por eso, las lluvias de verano siempre me traen gratos recuerdos y me llena de nostalgia cuando escucho caer las gotas y percibo el olor a tierra mojada estando lejos de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.